Tenía 8 años. Lo recuerdo bien por lo que pasó. En el colegio nos dieron una separata de un comic precioso. Sobre fotos de paisajes reales de Castilla la Mancha, un ilustrador había ido superponiendo ilustraciones del Quijote. Me gustó tanto lo que se contaba allí que le pedí a mi madre insistentemente ir a la reunión a la que nos convocaban para conocer el libro completo.

No me costó demasiado convencerla. Ella, que es una lectora insaciable, me llevó y me dijo que si me gustaba sería mi regalo de 1º Comunión. Por eso sé que tenía 8 años. El libro, bueno, la colección de 8 tomos encuadernados en semipiel verde y grabados en oro me enamoraron (y sospecho que también a ella), y sin que lo supiese, se encargó de que los pudiese abrir en mi Comunión.

Esos libros, que he releído en varias ocasiones, son los culpables de que me dedicase a las palabras. Tras ellos vinieron otras versiones adaptadas más o menos para niños que seguí leyendo con las mismas ganas. Todos ellos me han acompañado en cada una de mis mudanzas, y algunos ya andan en manos de mis hijos… Se trata de ediciones modernas, de tipo cómic, comentadas, ilustradas (como la fantástica edición en la que participó Barceló), pero todas ellas del s. XX.

Sin embargo, hace unos años, merendando tranquilamente en casa de unos amigos (tengo mucha memoria para algunas cosas, me dicen por ahí) de repente, pausaron la conversación y nuestro amigo se acercó a una estantería de su salón. Extrajo de ella un paquete envuelto en un paño de tela blanca y empezó a abrirlo suavemente mientras se acercaba a la mesa. Lo que dejó sobre la mesa ante mí me dejó sin palabras: una vieja edición de un libro encuadernado en cuero marrón.

 –Ábrelo-, me dijo.

Y con ese respeto que siempre me han dado los libros antiguos, le obedecí. Y allí estaba, un precioso ejemplar (a pesar de sus páginas arrancadas, de sus manchas de café y humedad, de sus agujeros –que atraviesan más de 50 páginas-, de los dibujos a lápiz que alguien quiso dejar en sus hojas) de la edición que el editor Gabriel de Sancha publicó entre 1798 y 1800 de El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha.

Se trata de una edición que en su momento destacó frente al resto por la calidad del papel (lo que ahora conocemos como verjurado) y, sobre todo, por las ilustraciones de Francisco Alcántara y Luis Paret y Alcázar (que en el libro aparecen como “Paretius del., Morenus inct“) cuyos grabados realizaron Juan Moreno Tejada y Blas Ametller Rotllan. Contiene, además, un estudio inicial y una biografía de Miguel de Cervantes realizada por Juan Antonio Pellicer.

Lo estuve admirando durante bastante tiempo entre sorprendida y asustada, esperando que el anfitrión volviese a hablar (yo creo que al ver mi reacción esperó un poquito para continuar).

       ¿Cuánto crees que me darían por él?- preguntó. –Es un libro que ha estado siempre en casa; se trata de un tomo de los 9 que formaban parte de este libro, y la verdad es que no lo quiero.

La conversación quedó así. Y aunque volvió  a guardar el libro en su sitio, yo no pude quitármelo nunca más de la cabeza.

Años más tarde, y tras algunos mensajes subliminales, me lo regalaron por mi cumpleaños. Así he podido ir saboreando mejor esta pequeña maravilla bibliográfica y disfrutarla con calma, admirando los efectos de los antiguos métodos de impresión que marcan algunas de sus páginas por su parte trasera; apreciar la trama del papel, que se observa a simple vista, fabricado con métodos menos refinados que los actuales pero más duraderos y consistentes; poder acariciar las irregularidades que la litografía produjo en el papel, y… olerlo… aspirar ese aroma a libro viejo y sabio, guardián de mil secretos.

Los libros viejos son pequeños trozos de historia condensada en papel. Cuentan, además de la historia impresa en sus páginas, otras historias que sus dueños han ido plasmando en ellos… yo, por mi parte, sigo encontrando cada día los secretos ocultos de mi Quixote.